Sin embargo, esto no afectó negativamente a Bernadette; era solo una simple transformación ordenada — la tendencia a nuevas fisuras de sangre carmesí fue distorsionada hacia las que ya existían y se volvieron activas.
Terminado esto, Roger Sel levantó su cabeza y miró a Bernadette desde unos metros de distancia. Con una voz seca y ronca, dijo:
“¡De verdad has logrado convertirte en una gran figura del mundo misterioso! ¡Ya puedes venir aquí solo!
"Vámonos, quiero ver cómo mi princesa pequeña ha crecido."
Las lágrimas brotaron de los ojos de Bernadette y avanzó lentamente.
Roger Sel volvió a reír:
“¡Cuando te hice dibujos y juegos, eras solo una niña! Ahora puedes salvar a tu querido padre viejo.
"Recuerdo que te encantaban los trajes que diseñé para ti cuando era pequeña. ¡Desgraciadamente, ya no puedes usar los vestidos de galleta!"
Este gran emperador comenzó a narrar su historia, como si estuviera al final de sus días, recordando constantemente el pasado.
Bernadette se acercaba cada vez más, y Klein, que estaba bajo la niebla, frunció ligeramente el ceño.
De repente, la cabeza de Roger Sel bajó un poco, y gritó:
"¡Detente!"
Su voz cargada de dolor inenarrable.
Bernadette quedó estupefacta, y preguntó:
“¿Qué haces vestida así? ¿Quién te lo ha enseñado?”
Las nubes que había en los ojos de Bernadette se hicieron más densas. No pudo contenerse y susurró con voz ronca:
"¡Padre!"
La silueta de Roger Sel, que apenas tenía rasgos faciales, se suavizó antes de endurecerse nuevamente.
Gritó:
“¡Ve!
¡Nunca vuelvas a entrar en este lugar!”
Bernadette abrió la boca para hablar, pero justo cuando quería decir algo, el espacio se oscureció. Parecía ver un manto de orden.
En el siguiente instante, se encontró en los bordes del Islote Originario.
Miró fijamente las montañas en el centro del islote durante unos segundos antes de dar media vuelta y dirigirse hacia el mar.
Esta vez, no resistió la tentación de mirar atrás. Cada paso que daba, se detenía para mirar hacia atrás.
Pronto, regresó al "Dawn", entró en la cabina del capitán, abrió una habitación reservada y comenzó a examinar los objetos dentro: libros ilustrados, cuadernos de lecciones, ropa y vestidos, el ajedrez que solo unos pocos conocían, juegos de bloques.
Se apoyó contra la puerta de madera, se sentó en el suelo y levantó la vista hacia el cielo nublado desde la ventana del capitán. Con el pulgar y el índice de su mano derecha, tocó sus labios e interpretó una melodía melancólica que llenaba el espacio.
Durante la ejecución de la melodía, las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Bernadette, cayendo en el suelo.
Después de mucho tiempo, un sonido ahogado se oyó desde la cabina del capitán:
"¡Padre!"