Song Mama, llorando copiosamente, marcó el número de Lu Qiqin mientras Shen Qing seguía observando sin importarle.
"¡Señor! ¡Xia An parece haber dejado de respirar! ¡Ya llamé a los paramédicos. Anda rápido!"
Lu Qi Chen, al otro lado del teléfono, se alarmó inmediatamente: "¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puede Xia An no respirar cuando está en casa?"
Lu Qiqin estaba demasiado alterado para creerlo. Su voz temblaba de angustia.
"¡Es cierto! ¡Xia An está mal, venga a casa!" Song Mama lloriqueó, rompiendo la última esperanza de Lu Qi Chen.
Lu Qi Chen agarró el teléfono con mano temblante: "No puede ser… ¿Cómo podría Xia An estar en problemas? Solo no estuve en casa una noche y ya está pasando algo malo?"
Xia An, Xia An, ¡no te pases a otro mundo!
Lu Qi Chen, sin tiempo para más pensamientos, se levantó del sillón y tomó las llaves del coche, corriendo hacia su oficina.
¡No puede ser! ¡Xia An no puede estar en problemas! ¡Tienes que aguantar, Xia An! Lu Qi Chen rogaba en silencio.
En el jardín:
Mientras esperaba a los paramédicos, Song Mama volvió al dormitorio de Xia An. Se sentó junto a ella, tomando su mano con fuerza, como si quisiera transmitirle alguna ayuda.
Shen Qing siguió a Song Mama y entró en el cuarto, dispuesta a averiguar qué pasaba. Al ver a Xia An sin vida, Shen Qing no pudo evitar un sentimiento de satisfacción.
"¡Finalmente! ¡Tardaste tanto en morir! ¡He estado quejándome de ti durante tanto tiempo!" pensó Shen Qing, intentando ocultar su alegría. La pérdida de Xia An significaría que nadie podría oponerse a ella y que su hijo la escucharía por completo.
La sala estaba llena del sonido de sus pensamientos mientras corrían hacia el exterior, donde Lu Qi Chen esperaba ansioso.